
La primera vez que visité la ciudad de México, tenía cuatro años y solo me queda algún recuerdo nebuloso por ahí, pero a la edad de doce años volví por segunda vez y de esta ocasión, aún hoy en día, sigo guardando recuerdos muy vívidos, dado que las circunstancias fueron muy particulares y ya estaba en edad más consciente.
Recién había terminado la primaria y al comenzar las vacaciones, llegó un día a mi casa el director de mi escuela para informar a mi familia y a mí que yo había resultado ser el mejor estudiante de la zona escolar y como parte de un programa nacional, el gobierno premiaba a estos estudiantes con un viaje a la ciudad de México para, entre otras cosas, conocer al presidente de la República. A mí todo esto, en vez de emocionarme, me dio miedo, pues yo nunca había viajado sin alguien de mi familia, y el plan consistía en que algún familiar o conocido me debía llevar a Morelia y de ahí todo seguiría entre el grupo de estudiantes del resto de los municipios del estado y algunos chaperones designados por la Secretaría de educación.
Al principio yo me resistí, pero una tía, que era como mi hermana, me convenció y ella misma me llevó a Morelia, comenzando así una experiencia fabulosa y un tanto premonitoria, pues en la misma semana estuve en las dos ciudades en las que años después viviría y que me marcaron de manera permanente.
Pues bien, como dije antes, yo estaba muy nervioso cuando mi tía me dejo esa mañana en la Secretaría de educación del estado, con un montón de recomendaciones, una maleta de lámina y lo que sería mi primera cámara fotográfica, una Kodak instamatic con flash de cubo.
Primeramente, nos reunieron a todos, éramos un poco más de cien estudiantes, más los chaperones, que eran dos hombres y dos mujeres, nos dieron la bienvenida con los consabidos discursos que oficializaban el evento, nos leyeron la agenda del día y empezaron las actividades y así mismo comenzó a ponerse a prueba mi capacidad de asombro, pues cada una de estas actividades era gradualmente más interesante que la otra.

La primera visita que hicimos fue al Presidente Municipal de Morelia, que nos recibió, como es de esperarse, en el salón de recepciones del Palacio Municipal, era el primer edificio de alguna manera palaciego al que yo entraba en mi vida, pues el equivalente en mi pueblo, era apenas un cuarto grande con dos escritorios y una oficinita privada. Igual que en todos lados, nos dieron discursos y después seguimos en nuestro recorrido por la ciudad, visitando los lugares históricos más importantes y quiero decir que para mi, esto era lo que hacía todo más interesante, pues a mí siempre me había gustado la historia y Morelia era una veta inagotable en este sentido, Había sido fundada en 1541 como Valladolid, por el primer Virrey de la Nueva España, Don Antonio de Mendoza, para ser la tercera y última capital de la Provincia Agustiniana de Michoacán y por tal motivo fue planificada como una ciudad señorial, cobrando gran importancia durante toda la colonia, pero mucha más durante la lucha por la independencia, pues la mayoría de los protagonistas de esta lucha, tenían lazos fuertes con la ciudad, algunos, como Morelos, habían nacido ahí, otros como Hidalgo, habían estudiado y vivido ahí también.
El visitar todos estos sitios históricos, me hacía sentir especial, pues la mayoría de mis compañeros de escuela no conocían Morelia, así pues, nos dieron un recorrido por el centro histórico de la ciudad, haciendo tiempo para el gran momento del día; ser recibidos por el Gobernador del Estado en palacio de gobierno, como dije antes, cada lugar que visitábamos iba subiendo en belleza, importancia e interés y después del mediodía ya nos encontrábamos frente al mismo gobernador del Estado, cosa que para mí ya era por demás impresionante, pues yo nunca había visto a un gobernador y la idea misma resultaba tan lejana allá en mi pueblo, no solo para mí, sino para la mayoría de sus habitantes; sin embargo, yo le iba a conocer en persona y saludar de mano, esto para mis doce años ya era demasiado y yo sabía que era solo el comienzo.
El día siguió con actividades planeadas, que incluyeron la visita a la Primera Dama del Estado en sus oficinas y después de cenar por fin nos llevaron al internado España-México, donde nos hospedarían por algunas horas antes de partir a la Cd. De México, algunos años después, aprendería la importancia que este internado tuvo en la historia moderna, pues fue fundado por el Presidente Lázaro Cárdenas, en los 30's para albergar a niños refugiados de la guerra civil española.
En el internado, nos proporcionaron los uniformes que portaríamos en el resto del viaje y a mi me parecieron elegantísimos, era todo en azul, los pantalones azul marino, la camisa azul celeste y un suéter azul rey el cual yo juraba que me sentaba de maravilla y para rematar, el escudo estatal en un costado y un gafete con el nombre de cada cual bajo una leyenda que decía "LOS MEJORES ESTUDIANTES DE MÉXICO" yo me sentía como un niño rico en colegio privado, que solo había visto en las películas y que eran completamente lejanos a mi realidad, pero el atuendo ayudó a que yo me sintiera importante y que me lo creyera y que comenzara a disfrutar la experiencia como era la intención, como uno de los mejores estudiantes de México.
Por fin, cerca de la medianoche, aparecieron los autobuses que nos llevarían a la ciudad de México y a esas horas, entre soñolientos y confundidos, los abordamos y partimos. Yo casi no dormí de la emoción, así pude ver nuestra llegada a la ciudad, muy temprano en la mañana, estaba nublado y yo no daba crédito que estaba arribando al D.F. Nos instalaron en otro internado y enseguida del desayuno nos formaron en el patio, nos dieron instrucciones y tiempo para asearnos y poco después comenzó esa semana intensa en todos los sentidos, actividades, vivencias, emociones y como dije antes, a pesar de que han pasado más de 49 años, nunca he olvidado.
La secuencia de los lugares que visitamos, ya la olvidé, pero no así los lugares mismos, hubo muchos discursos en dependencias gubernamentales como la secretaría de educación, las oficinas del regente de la ciudad, el Banco de México, etc. También en lugres públicos como el monumento a la Revolución, el hemiciclo a Juárez y la columna de la independencia, pero no todo fueron discursos, uno de esos días abrieron el único parque de atracciones que existía en aquella época, solo para nosotros y lo pasamos fenomenal.
Una de las cosas que hizo este viaje inolvidable es que hubo muchas primeras veces; primera vez que viajaba solo, que conocía a un gobernador, a un presidente, que visitaba estas ciudades, que veía tantos sitios de interés histórico, que me regalaban libros aparte de los de texto y la primera vez que me sentí en alguna medida importante
Por fin, cerca de la medianoche, aparecieron los autobuses que nos llevarían a la ciudad de México y a esas horas, entre soñolientos y confundidos, los abordamos y partimos. Yo casi no dormí de la emoción, así pude ver nuestra llegada a la ciudad, muy temprano en la mañana, estaba nublado y yo no daba crédito que estaba arribando al D.F. Nos instalaron en otro internado y enseguida del desayuno nos formaron en el patio, nos dieron instrucciones y tiempo para asearnos y poco después comenzó esa semana intensa en todos los sentidos, actividades, vivencias, emociones y como dije antes, a pesar de que han pasado más de 49 años, nunca he olvidado.
La secuencia de los lugares que visitamos, ya la olvidé, pero no así los lugares mismos, hubo muchos discursos en dependencias gubernamentales como la secretaría de educación, las oficinas del regente de la ciudad, el Banco de México, etc. También en lugres públicos como el monumento a la Revolución, el hemiciclo a Juárez y la columna de la independencia, pero no todo fueron discursos, uno de esos días abrieron el único parque de atracciones que existía en aquella época, solo para nosotros y lo pasamos fenomenal.
Una de las cosas que hizo este viaje inolvidable es que hubo muchas primeras veces; primera vez que viajaba solo, que conocía a un gobernador, a un presidente, que visitaba estas ciudades, que veía tantos sitios de interés histórico, que me regalaban libros aparte de los de texto y la primera vez que me sentí en alguna medida importante